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sábado, 24 de abril de 2010

Salon International du Livre Anciene au Grand Palais à Paris


El fantasma de las cenizas volcánicas que recorre Europa no pudo impedir nuestra presencia en la inauguración del Salón del Libro de París. Este año hay una buena participación de libreros españoles: la librería valenciana El Asilo del Libro y las dos de Barcelona Librería Anticuaria Balagué y Librería Anticuaria Comellas.

Como en anteriores ediciones numerosísimo público recorre los stands y galerías repartidos bajo las cúpulas acristaladas del Grand Palais. Amplísima oferta de libros para todos los gustos y presupuestos.

Contemplar este soberbio espectáculo de la librería francesa e internacional nos lleva a la obligada comparación con el limitado mundo de la bibliofilia en nuestro país. Un ejemplo: la primera página del catálogo del Salón muestra la publicidad de la entidad financiera francesa que patrocina el evento: “un cliente emocionado por un libro antiguo es un cliente que comprendemos”. ¿Imagináis tal manifestación por parte de nuestros bancos o cajas? Aquí lo único que han comprendido, y mal, ha sido la emoción por el ladrillo...

Las diferencias, tanto cualitativas como cuantitativas son muy relevantes. Frente al reducido y poco creciente número de bibliófilos en España admiramos como el Grand Palais es visitado por cientos y cientos aficionados de toda edad y condición. “En París todo son librerías y hoteles… y por este orden” nos dijo Azorín.




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Extraordinaria encuadernación vistiendo ejemplar del Salustio impreso por Ibarra.





Le minimun, le minimum...

Antonio Lorenzo de El Asilo del Libro y el bibliófilo valenciano, Luis Caruana.


De izda. a derecha: El pintor valenciano, maestro acuarelista, Juan Sevilla Sáez, establecido en París desde hace cincuenta y cuatro años, el bibliófilo valenciano Luis Caruana, Susana Bardón, de la librería Estudio Bibliográfico y Vicepresidenta de AILA-ILAB, Antonio Lorenzo, de El Asilo del Libro de Valencia, Gonzalo Fernández Pontes de la Librería Pontes Maps y Presidente de AILA-ILAB.


¡¡Nos vemos en el Salón del Libro Antiguo de Barcelona el próximo mes de mayo!!

domingo, 20 de septiembre de 2009

Un poema de Paul Valèry en recuerdo de Enrique. Openminds

En 1930 se publicó en París la primera traducción al castellano –realizada por Jorge Guillén-, de Le cimetière marin del poeta Paul Valèry. Se tiraron 300 ejemplares numerados acompañados de dibujos de Ginon Severini.

En octubre del mismo año y también en París vio la luz otra versión castellana de Le cimetière... realizada por el poeta y diplomático cubano Mariano Brull (1891-1956).

Ambas ediciones son buscadas y difíciles de encontrar pero especialmente la de Brull es de gran rareza. De un ejemplar muy especial de esta edición damos noticia a continuación.

Paul Valéry. El Cementerio Marino. Poema de Paul Valéry. Versión castellana de Mariano Brull, París, 1930, (Impreso en Chartres por Durand), 8º, 190 x 132 mm.

Colación: sobrecubiertas en papel verde (en la superior: El cementerio marino; en la posterior: “Depositario: Librería Española. Leon Sánchez Cuesta. 10, rue Gay-Lussac. París”), XXIX páginas con texto en francés y castellano (incluyendo blanca, anteportada y portada a dos tintas), hoja con colofón: “Este libro ha sido impreso en la ciudad de Chartres por Durand, en el mes de octubre de 1930”.

Al verso de la anteportada, justificación de la tirada: "De este libro se han tirado 300 únicos ejemplares en papel vergé d’arches numerados del 1 al 300. Ejemplar número 118".

Este ejemplar está enriquecido con las dedicatorias del traductor, Mariano Brull y de Paul Valery a Mathilde Pomès (1886-1977), hispanista y traductora francesa. También lleva una fotografía orginal de Valèry con su firma al dorso. 
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Dedicatoria manuscrita del traductor y del autor: "A Matilde Pomés, amiga admirable, tan fina y generosa de corazón como de espiritu, a quien tanto debe esta traducción. Cordialmente. El Traductor. París. 1930". Y del autor: "A Matilde Pomés su amigo sin palabras para más decir. Pablo Valery".

CCFr, relaciona 3 ejemplares: el del Depósito Legal y los numerados 102 y 263. No en Palau ni en CCPBE.

Palau, 348997, CCPBE y CCFr colacionan la edición de la traducción de Guillén, París 1930.

Para biografía y obra de Paul Valèry, Mariano Brull, Mathilde Pomès y Jorge Guillén ver: Juan Manuel Bonet, Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936, Alianza Editorial, Madrid, 1995.

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Con el poema anterior quiero recordar a mi cuñado Enrique, fallecido el pasado viernes 11 de septiembre, a los 42 años de edad. Durante este último año combatió hasta el límite el cáncer. La firmeza y la voluntad le acompañaron siempre durante este duro periodo y aún en los peores momentos supo dominar su intenso dolor, transmitiendo serenidad y confianza a los que le rodeaban.

En diciembre de 2008 inició el blog Openminds donde iba reuniendo sus reflexiones de gestión empresarial. Para los que éramos sabedores de su situación las máximas y premisas recogidas en sus veintiocho artículos nos mostraban la gran fortaleza de su pensamiento y acción frente a la enfermedad.

Sus restos recibieron cristiana sepultura en el cementerio de Benimaclet de Valencia, entre pinos y cipreses, próximo al mar y siempre refrescado por la brisa de levante. Descanse en paz.

Diego y Enrique (El Palmar, lago de la Albufera, Valencia, 29 de septiembre de 2008).

jueves, 25 de junio de 2009

XXI Salon International du Livre Ancien. París, junio, 2009


Amigos bibliómanos, a la pregunta: “¿qué te ha parecido el Salón de París?”, respondo con la sentencia de Pío Baroja: “…un español es un francés pobre”. Con ello no pretendo eludir la respuesta sino constatar un hecho bien cierto y aplicable en su totalidad a la siempre bien concertada república de los libros.
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El Salón de París asombra al pobre españolito por sus maravillas inimaginables e inencontrables en el solar patrio. Nada más traspasar las grandiosas columnas del zaguán del Grand Palais nos invade una dulce desorientación originada por la contemplación de un universo indescriptible.
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Acostumbrados a los pergaminos roñosos, encogidos, mutilados y mugrientos que visten nuestras producciones, uno no deja de disfrutar admirando la exquisita condición de los libros que proponen los libreros franceses y de otros países: ejemplares marginosos, impolutos, encuadernaciones dobladas (doublés) por aquí y por allá, otras trabajadas con esmero, sembradas de armas… ¡Aquí está reunida la mayor concentración de encuadernaciones firmadas o atribuidas a los Louis Douceur, Padeloup, Derome, Dubuisson! En fin, hay otros mundos bibliófilos y los Pirineos siguen en su sitio…
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El bibliófilo francés valora el libro por su condición. En España no damos tanta importancia a ello… ¡porque si lo hiciésemos no tendríamos libros que colocar en nuestros estantes! Tras siglos de destrucción, desamortización y guerras los pocos que han sobrevivido a tantas calamidades han devenido “infinitamente raros” (como gustan decir los franceses) pero en condición habitualmente penosa (el erudito y librero anticuario Carlos Clavería tiene acuñado el término de "spanish condition" para retratar este estado tan común en los libros españoles).

Nada más entrar nos damos de lleno con los stands de la élite de los libreros. Una docena de los más granados y esforzados representantes de la flor de la librería anticuaria internacional muestran las piezas más asombrosas que imaginar podamos. Dos de ellos, uno alemán y otro suizo, nos aturden con una sinfonía de códices y libros de horas iluminados que nos llevan al borde del síncope. Hay tantos reunidos y en tan poco espacio que pasados los primeros momentos de asombro uno llega a considerar normal este espectáculo único ("de la naturaleza humana") y que, -al igual que con el fenómeno del eclipse solar-, tendrá que transcurrir un año o dos para que vuelvan a darse las venturosas condiciones que favorezcan su repetición.

Hablando de eclipses contemplamos dos preciosos libros de cosmografía: un Astronomicum Caesarum de Pedro Apiano, 1540, iluminado de época y un tratado alemán impreso en el siglo XVI (lamento no recordar más datos de esta obra) de grandes dimensiones (700 milímetros de altura) repleto de esferas, figuras móviles (volvelles), una de ellas con más de una docena de figuras superpuestas, iluminadas de época, representando el movimiento de las constelaciones celestes. ¡Maravilloso!

A ambos lados de los stands centrales del patio del Grand Palais se extiende una buena y nutrida representación de la librería anticuaria francesa, y en menor grado de otros países europeos y americanos. Rebuscando con paciencia, es fácil encontrar libros accesibles a todos los bolsillos y que satisfacen todas las inclinaciones temáticas. Es solo cuestión de recorrer con la vista tabanco tras tabanco, stand tras stand, tomando catálogo de uno y otro lado. Agradable paseo al que dedicamos buena parte del día.

Saludamos a libreros y bibliófilos españoles. Hemos visto pocos libros españoles en el Salón: a destacar el ejemplar de la reina regente María Cristina del Salustio de Ibarra, en precioso marroquín; el rarísimo tratado de Diego García de Pelayo Instrucción nauthica, para el buen uso y regimiento de las Naos, su traça y gobierno conforme à la altura de Mèxico, Mèxico, 1587 y un cantoral del siglo XVIII de dimensiones monumentales, manuscrito sobre pergamino, encuadernado sobre tabla y conservando todos sus cierres en hierro, procedente de un convento de Bilbao con un peso de alrededor de sesenta kilogramos… (¡ya se sabe, los de Bilbao son así!).

¿Qué tres libros escogería del Salón? Pues lo mínimo, lo mínimo que tomaría sería un ejemplar extraordinario de la Hypnerotomachia Poliphilii, en estricta condición original, la edición original del Atlas Major de Blaeu, 11 vols. folio, 1662, y uno solo de los maravillosos libros de horas y códices expuestos por los libreros suizo y alemán citados más arriba.

El Salón, nuevamente, ha sido realizado en el marco tan fin de siècle del Grand Palais. Tiene un defecto: el sol de junio eleva la temperatura de su interior. Este año todos los stands estaban protegidos con techo para evitar la caída a plomo de los rayos solares. Algún librero forró sus vitrinas con papel protector para evitar la luz directa sobre los ejemplares expuestos. La temperatura en el interior del Grand Palais es excesiva y afecta negativamente a la conservación de los libros.

Buena concurrencia de asistentes, especialmente el domingo, muestra de la gran afición bibliófila que existe en el país vecino.
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Fiesta para los bibliófilos y felicísimo fin de semana en París. “Mientras dure París no me faltará un rincón donde dar rienda suelta a mis suspiros”, Michel de Montaigne.

Galería de fotos:










Descanso en Market: almuerzo de bibliófilos y libreros. Entre otros, a la izquierda, en medio: Susana Bardón de Estudio Bibliográfico, Madrid; a su izquierda Lola Narváez, primero y segundo a la derecha: Sebastián Hidalgo de Hidalgo Solá Rare Books, Buenos Aires y Luis Caruana




 
Susana Bardón y Lola Narváez


Laurent Coulet (derecha, con camisa blanca) en el stand de su librería

"Swann avait oublié son étui à cigarettes chez Odette. «Que n'y avez vous oublié aussi votre coeur, je ne vous aurais pas laissé le reprendre»". (I, pág. 219, NRF)





A bientôt!

Ver Le Bibliomane Moderne para ampliar la galería de fotos del Salón:

http://le-bibliomane.blogspot.com/2009/06/galerie-photos-dune-ballade-au-grand.html

jueves, 5 de febrero de 2009

Tres novelas valencianas

Vamos a abandonar por esta vez, al menos, los comentarios habituales sobre libros antiguos para dar referencia de tres novelas contemporáneas ambientadas en Valencia, cuya lectura recomiendo a los amigos bibliófilos.


Pedro Sanz Barona, Isabel (Novela valenciana), Valencia, 2001.

El joven viudo Jaime de Moncada, aristócrata valenciano, se enamora apasionadamente de Isabel, hija de un laborioso abogado. Jaime habita en la casona de los Moncada, que corresponde en la realidad al ya desaparecido palacio de los condes de Parcent. Isabel vive en la recién abierta avenida Marqués de Sotelo. Nace y se complica el idilio sentimental con el trasfondo de la vida y las anécdotas de la Valencia antañona de la segunda década del siglo pasado: el mundo de los agricultores –así se llamaba a los miembros de la Real Sociedad Valenciana de Agricultura, en la calle de la Paz-, los paseos en faetón y tílburi por la Alameda, la procesión del día de la Virgen de los Desamparados, la inestabilidad política, el advenimiento de la República... En fin: la Valencia en blanco y negro, la misma que hoy contemplamos en la exposición que lleva dicho título.

Su autor, Pedro Sanz Barona (seudónimo del Barón de San Petrillo, D. José Caruana y Reig), fue Marino de Guerra, Teniente Alcalde del Ayuntamiento de Valencia, historiador y genealogista. No llegó a publicar en vida la novela, escrita durante la última Guerra Civil española. Ha permanecido inédita hasta el año 2001 en que su nieto -nuestro amigo el bibliófilo Luis Caruana-, la editó elaborando el estudio introductorio.

Lorenzo Galiana Gallach, La mosca española, Valencia, 2005.

Santacruz, agricultor pedralbino, se ve comprometido en el trasiego de un comercio tan singular como hermético: el que se da a principios del siglo diecinueve con la mosca española o cantaridina, pequeño escarabajo verdoso que habita en los montes de la península y particularmente en la serranía de Valencia. 

Desde la antigüedad se conocen los efectos afrodisíacos del alcaloide derivado de la cantaridina. Conjuraciones, organizaciones secretas y masones participan en una guerra sorda para hacerse con el monopolio de su explotación y distribución entre los más elegantes salones del París Consular y Première Empire

Santacruz vivirá situaciones extraordinarias que lo llevarán desde su Pedralba natal hasta habitar en un lujoso Hôtel del Faubourg Saint Germain codeándose con la vieja y nueva aristocracia y conociendo al libertino Donatien Alphonse François de Sade, marqués de tal nombre.

Su autor, Lorenzo Galiana Gallach, economista y escritor, ha creado un apasionante thriller lleno de situaciones de intensa acción e intriga (...y con algún pasaje très, très fort). Esperamos con impaciencia su próxima novela.



José Soler Carnicer, La Cruz de Malta, Valencia, 2001, Ed. Nadir.

El joven maltés Alvaro Caruana, caballero de la Soberana Orden Militar de Malta llega un buen día del año de 1800 al puerto de Valencia. Salió del de La Valleta portando un mensaje secreto del Gran Maestre de la Orden a los nobles valencianos acerca de los planes de Napoleón en España… 

Caruana acude al palacio del conde de Cervellón en la plaza de Santo Domingo (hoy de Tetuán). 

Allí se reúne con un nutrido grupo de valencianos: Cervellón, el marqués de Dos Aguas, Antonio Cavanilles, Benito Monfort, Juan Bautista Muñoz (los conocidos como Turianos). Sale hacia Sagunto y esa noche, mientras duerme, le roban la Cruz de Malta que el Gran Maestre le entregó como salvoconducto y acreditación para los contactos que tiene que establecer en España. A partir de ese momento correrá un sinfín de aventuras por la geografía valenciana compartiendo alguna de ellas con el ilustrado Antonio Joseph Cavanilles de viaje por la provincia.

Su autor, José Soler Carnicer ha publicado más de veinticinco libros. Gran viajero y profundo conocedor de la geografía valenciana. Novela que mantiene en vilo al lector hasta la última página.

Venera de caballero de la Orden de Malta. Trabajo español del siglo XVIII. Oro, esmalte y turquesas, 47 mm altura.

¡Qué disfrutéis con estas lecturas!

viernes, 24 de octubre de 2008

SUPRA LIBRIS DE VICENTE Y PEDRO SALVÁ

"Nuestras manos deben estar unidas aquí como otro monumento de que esta biblioteca es debida a nuestros afanes comunes, y están unidas como lo están nuestros corazones"

En la primavera de 1843 escribe Vicente Salvá desde Valencia a su hijo Pedro en París detallándole como está diseñando y componiendo el  supra libris de la biblioteca:

“Tendrá este dos manos enlazadas; la leyenda Biblioteca de Salvá, y á un lado una P y al otro una V, iniciales de tu nombre y del mío, porque á tí se debe primariamente el proyecto de formarla: nunca olvidaré el día en que me dijiste que habías rehusado 550 fr. que te habían ofrecido por el Romancero general de 1614, porque no querías que nos desprendiéramos de él hasta tener otro ejemplar más hermoso. Entonces te dí facultad para que escogieras los que más te agradasen entre los libros raros que teníamos para vender; tú los recogistes y formastes con ellos el primer cimiento de la colección. Además, has empleado tantas diligencias y conatos para adquirir las obras con las que la hemos enriquecido; te has ocupado á vezes en transformar un ejemplar, haciéndolo bello si era bueno, ó dejándolo decente cuando ántes era malo, lavándolo, quitando la tinta y las manchas, remendándolo, añadiéndole papel al márjen, y hasta copiando portadas y hojas que se equivocan con las impresas. Nuestras manos deben estar unidas aquí como otro monumento de que esta biblioteca es debida a nuestros afanes comunes, y están unidas como lo están nuestros corazones”.

Pedro Salvá y Mallén, Catálogo de la Biblioteca de Salvá, Valencia, 1872, Imp. de Ferrer de Orga, T. I, p. VI.